Resurrección, alegato a favor de la vida y en contra de la muerte
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| Rodríguez Plaza durante su homolía, esta mañana en el Catedral. |
☞ El arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, ha reclamado hoy en la homilía del Domingo de Resurrección, que instituciones, estructuras y relaciones sociales cristiana se manifiesten a favor de la vida, en todas sus expresiones y en contra la muerte en todas sus formas
El arzobispo de Toledo, Braulio Ródriguez Plaza, ha presidido todas las celebraciones que han tenido lugar en la Catedral Primada desde el Domingo de Resurrección. En la tarde de este Domingo de Pascua, como último acto, ha presidido las Vísperas Bautismales y por la mañana ha presidido la misa del día de Pascua, con una homilía que recogemos íntegramente.
Homilía Domingo de Resurrección
Queridos
hermanos: en la noche santa la Iglesia expresa en su lenguaje –el
lenguaje de los signos- el significado del misterio de la Pascua: la
resurrección del Señor. Y tres son los excelsos signos que dominan
la liturgia de la noche de resurrección: la luz, el agua y el “nuevo
canto”, el aleluya. Si esperamos en la Iglesia envuelta en la
penumbra de la luz pascual, nos inundará un consuelo: Dios tiene
conocimiento de esta noche. ¿Lo tiene la sociedad en la que vivimos?
Encontramos
en ella sinsentido de la vida, vicios y evasiones, rupturas en la
familia, abortos, inestabilidad económica personal y familiar,
difícil acceso a las oportunidades sociales, imposibilidad de
alcanzar ideales por falta de recursos económicos, estratificación
social, desempleo, carencia de vivienda, imposibilidad de acceder a
la educación, imposibilidad de acceder a los sistemas de salud
social, vejez desprotegida por los sistemas de seguridad social,
soledad, corrupción administrativa, política y gubernamental, falta
de equidad e injusticia social, hambre, epidemias y pandemias, pésima
calidad en la prestación de los servicios públicos, violencia,
inseguridad social, delincuencia organizada, terrorismo yijadista,
grandes masas migratorias, desplazados, guerras y guerrillas
intestinas locales o entre naciones, grandes catástrofes naturales:
he aquí unos pocos elementos de un extenso elenco de males y
conflictos personales, familiares y sociales que representan, en
definitiva, mil formas de muerte o lo que se ha dado en llamar una
CULTURA DE LA MUERTE.
¿Hemos
de seguir celebrando la Pascua con el velo sombrío de la duda y la
tristeza incluso en medio de la comunidad de creyentes? ¿No es la
Pascua una palabra sin esperanza? No, hermanos. En
este día la Iglesia Católica celebra el acontecimiento fundante del
cristianismo: la confesión de fe, según la cual, el Crucificado
transformó la vida de unos primeros testigos, hombres y mujeres;
transformación por la que estos llamados primeros cristianos lo
proclamaron Resucitado y Viviente en medio de ellos. Y, a partir de
su personal y comunitaria experiencia, se sintieron hijos de Dios y
hermanos todos los unos de los otros.
Es
decir, durante dos mil años, desde aquellos primeros hombres y
mujeres testigos del ministerio público de Jesús, de los conflictos
que dicho ministerio le acarreó, de su proceso judicial y pasional y
de la muerte en cruz, hasta hoy, los cristianos confiesan al
Crucificado, Jesús de Nazaret, Viviente en cada cristiano y en cada
comunidad cristiana que vive la misma vida que Jesús mismo vivió y
enseñó.
Dicha
confesión de fe en el Crucificado Resucitado supone, al mismo
tiempo, confesar que la definitiva y última palabra que Dios, el
Padre, pronunció sobre la vida de Jesús de Nazaret, confesado el
Hijo por los cristianos, no fue muerte y fracaso total de su proyecto
sino Vida y Vida abundante (Cfr. Jn 10,10) vida eterna, vida plena,
vida feliz.
Todo
lo cual significa que nosotros, la Iglesia Católica, en general, y
cada creyente en Cristo, en particular, tiene – como fundamento y
principal confesión de su fe – la certeza religiosa y el
compromiso a favor de la Vida y en contra de la muerte, en las mil
formas en que ésta se presenta. Que toda la vida de Jesús de
Nazaret, su Evangelio y la forma de relacionarnos con Dios (como
hijos) y con los otros (como hermanos), son una propuesta-protesta a
favor de la Vida y de la Vida abundante, y por tanto, podríamos
decir, el fundamento programático-doctrinal y el estilo de vida
(personal y comunitario) que aliente lo que podemos llamar una
“Cultura de la Vida” (en contra de la ya mencionada “Cultura de
la Muerte”).
Pero,
¿no transcurre nuestra vida personal, familiar y social, como hemos
dicho al inicio, en medio de mil formas de muerte? Cada uno de
nosotros, (personal y socialmente) padece carencias, desea mejores
condiciones de vida, tiene la esperanza de días mejores que suponen
días de mayor justicia y equidad, días de mayor y más fácil
acceso a las oportunidades sociales, tiempos de mayor solidaridad,
libertad y fraternidad. Todos añoramos “el cielo nuevo en la
tierra nueva”. Diríamos que esta es la esperanza que debería
jalonar nuestro presente y que motiva nuestro ser y quehacer
cotidiano.
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| El arzobispo de Toledo en la misa de Pascua. |
Ciertamente
la resurrección de Cristo alienta esta esperanza
porque alienta la necesidad de mejores sistemas de educación, de
vivienda y de salud; mayores niveles de equidad y de justicia, mayor
búsqueda del bien común en la administración de justicia y de los
dineros públicos. La Resurrección de Cristo, también llamada
Pascua cristiana (paso) nos empuja a todos a comprometernos por un
mundo mejor, más humano, más fraterno, más solidario, más
vivible, más amable, a vivir como Cristo nos ha indicado, siguiendo
la lógica de las Bienaventuranzas y el mandamiento del amor.
Sí,
esta cultura de la vida, que se funda en la
experiencia y confesión de fe en un Dios Creador y de la Vida
abundante en la Resurrección de Cristo y, por El, con El y en El, en
nuestra propia Resurrección, ¿no ha de manifestarse especialmente
en las sociedades en las que mayoritariamente nos llamamos
“cristianos”?
Dicho
de otra manera, ¿no resultan las manifestaciones de la Cultura de la
Muerte contradictorias y escandalosas en sociedades donde
mayoritariamente – como en nuestro caso – nos confesamos
públicamente como “cristianos”? Porque dichas manifestaciones
chocan y contradicen el proyecto fundamental de Dios en Cristo: su
Resurrección que es abundancia de vida, en contra de la abundancia
de muerte.
Si
nuestra profesión de fe como “cristianos” la vivimos en medio de
situaciones manifiestas de precariedad de vida para unos frente a la
abundancia desigual de unos pocos; si, mientras millones malviven o
sobreviven, unas minorías nadan en la abundancia; si las decisiones
gubernamentales no procuran el bien de todos y – con ello – vamos
construyendo persecución, desigualdad, desunión, divisiones,
discriminación e intolerancia; si – en fin – no logramos aún la
construcción de un mundo más humano por lo fraterno y justo,
entonces nuestra experiencia religiosa cristiana puede llegar a ser
falsa porque es hipócrita, porque la construcción que hacemos de
nuestro entorno personal y social contradice los postulados,
principios y valores del Evangelio de la Vida de Jesucristo.
Pascua
Cristiana, por la Resurrección de Cristo, es tiempo para que
examinemos nuestros compromisos personales y familiares y nuestros
frutos como sociedad española y toledana, y aun europea. Tiempo para
que nos preguntemos si los frutos y las virtudes morales con los que
estamos diseñando la construcción de nuestra sociedad – poblada
todavía mayoritariamente por “cristianos” – corresponden
coherente y auténticamente al proyecto y cultura de la Vida
abundante para todos, que emana del Evangelio.
¿Qué
sucedería si la Pascua, la resurrección de Jesús no hubiera tenido
lugar? Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús
terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido, sería
alguien que fue alguna vez. Eso significaría que Dios no interviene
en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo
nuestro, en nuestra vida y nuestra muerte. Todo ello querría decir,
por su parte que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y
fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que
solo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos,
los que no tienen conciencia.
Pero
no es así: Resucitado al tercer día es una verdad que confesamos
con la Iglesia en palabras que se remontan hasta la comunidad
originaria de Jerusalén, hasta la predicación de Jesús, y que
hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. Concluyo, pues, aquí con
una invitación: Que nuestras confesiones de fe “cristiana” y
nuestro culto “cristiano” se manifiesten finalmente en
instituciones, estructuras y relaciones sociales “cristianas” a
favor de LA VIDA (en todas sus expresiones) y en contra
de la muerte (en sus tantas formas). Merece la pena. Es posible.
¡FELICES
PASCUAS!
+Braulio
Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo














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